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A más de 2 años de su muerte

¿Juan Gabriel habría fingido su muerte agobiado por sus hijos?

Envueltos en líos legales, los cuatro hijos naturales fueron su dolor de cabeza. La disputa por una herencia de USD$ 300 millones despertó hasta el rumor de su resurrección

Por : Iván Gallo - Las 2 Orillas

La última vez que Juan Gabriel había visto los ojos de la muerte fue a comienzos del 2012. Su nieto, Alberto Aguilera III, había pasado la noche en una cárcel del D.F después de conducir borracho y drogado una camioneta. Con el alma partida el joven ingirió en la celda una cantidad tan significativa de droga que 52 horas después de estar en un coma inducido moriría en un hospital. Tenía 22 años.

 

Desde que era un niño en Parácuaro, Michoacán, se había cansado de ver llegar a su madre, al filo de la madrugada, con una botella de tequila medio desocupada en una mano y con una gallina muerta en la otra. Los intentos torpes por cocinarle terminaban en amagos de incendio que él, con sus manitos, intentaba atajar. Su padre había desaparecido para siempre después de que, sacudido por la esquizofrenia, quemó los cultivos de sus vecinos arruinando para siempre a los Aguilera Valadez. Juan Gabriel sabía de la miseria que trae el trago y los excesos, por eso no sólo fue el único charro afeminado sino uno de los pocos sobrios.

 

Cuando enterró a Albertico, su único nieto, se prometió que nunca más iba a ver morir a alguien que llevara su misma sangre. No era una tarea fácil. Tres de los cuatro hijos que había tenido con Laura Salas, su mejor amiga, Joan Gabriel, Hans Gabriel y Jean Gabriel, tuvieron líos con la justicia. Alberto Jr, el mayor de todos y a quien tuvo con una mujer de la cual no se sabe nada, posee un grueso prontuario: En el 90 lo detienen por conducir ebrio, en el 2008, borracho, intentó atracar a dos personas en plena calle del D.F, unos meses después dispararía un arma de fuego en su casa. En el 2011 fue detenido por violencia doméstica y en el 2012 por andar borracho en una camioneta.

 

 Juan Gabriel, cansado de pagar fianzas, decide dejarlo un rato en la cárcel para que aprenda la lección. Si no tenía suficiente con eso el cantante desheredó a los cuatro. El único por el que sentía orgullo era por Iván, el administrador de empresas que manejaba su agenda, las regalías que daban sus más de 1.800 composiciones, sus más de 100 millones de discos vendidos y el único que podrá salir beneficiado de mansiones repartidas en Europa, en América, en la compra de una isla en el Caribe, en una fortuna de más de 300 millones de dólares que posicionaron al Divo de Juarez como uno de los 20 músicos más ricos del mundo.

 

En vida los muchachos lo temían. Juan Gabriel, encantador sobre los escenarios, podía ser despiadado e inflexible en la privacidad. Negociar con él podía ser una experiencia aterradora. Con sus hijos esa necesidad de control que reflejaba en el estudio de grabación, en cada una de sus producciones, se exacerbaba. Su palabra era irrefutable. Ahora que está muerto, su palabra, que era inmodificable como el acero, se esparcirá como sus cenizas. Desde donde quiera que esté verá con amargura cómo sus millones, ganados con el pulso del que nada tuvo, caerá en manos de cuatro muchachos que viven la rumba perpetua a la que parecen están predestinados los hijos de los famosos.

 

Tres años después de su muerte y al borde de su reaparición, se siguen sabiendo aspectos insospechados de su vida privada. Esta vez Joao y Luis Alberto, los dos hijos tenidos con Guadalupe Gonzáles, la abnegada señora que lo ayudaba en su casa de Acapulco, y con Consuelo Rosales, se suman a la pelea por los 300 millones que dejó el Divo de Juarez. Para acabar de completar su fama de semental impenitente apareció en Texas Gabriela Aguilera Gil, la única hija mujer del cantante. El misterio que rodeó su vida todavía lo acompaña en la muerte: con sus mujeres nadie sabe cuál era la tendencia sexual de Juan Gabriel.