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Por: Miguel Iriarte Diazgranados

 

Gracias a las redes sociales me he cruzado por ahí con un par de textos firmados por el maestro Adolfo Mejía, que ha hecho circular su hijo el trombonista Manolo Mejía, a quien no tengo el honor de conocer, pese a la cercanía espiritual que he tenido con la memoria familiar, con su música, claro, y también con su faceta de poeta. Pero estos dos breves ensayos hablan de la historia del arte a través de temas como el cristianismo en la música y la historia de la música española.

 

Esa nueva faceta que no conocía, la del Mejía ensayista, me ayudó a reactualizar mi fascinante encuentro con Mejía el poeta, que es del que voy a hablar.

 

Lo primero que debo decir aquí es que la obra poética del maestro Adolfo Mejía Navarro que hemos tenido como referencia para abordar esa dimensión de su trabajo creativo es un puñado de poemas, no más de diez piezas, para ser exactos, que conocí desde siempre en los archivos personales de mi padre, Femando Iriarte Navarro, incluidos dos textos fragmentarios que recoge el investigador y biógrafo del maestro, el amigo Enrique Muñoz, en su trabajo Adolfo Mejía, La Musicalia de Cartagena.

 

Pero antes debo decir también que lo que hace poeta a Mejía no son esos poemas prácticamente desconocidos, o desestimados en su valor real, faltos aún de una consideración razonada en el contexto del canon de nuestra poesía, sino su condición existencial misma, su historia personal e intelectual, el espíritu que animaba su cultura, su deseo de saber, su esencia de creador, que lo inscribe sin dudas en una categoría fundamentalmente de poeta posromántico, perfectamente previsible por demás como era de esperarse que sucediera con un hombre de su sensibilidad en cualesquiera de nuestros países latinoamericanos de ese momento, luego de que, como Mejía, con la información y la lectura, pudiera experimentar la vida y la cultura de otros pueblos en sus viajes.

 

Mejía es poeta desde lo profundo,

es un ser que sabe que sólo a través de la creación y del conocimiento

se logra el ascenso del espíritu

 

Mejía es poeta no porque haga versos de ocasión para divertir a los amigos en tertulias y parrandas, o porque sea letrista avezado de nuestro cancionero popular y fuera por ello festejado como tal. No, Mejía es poeta desde lo profundo, es un ser que sabe que sólo a través de la creación y del conocimiento se logra el ascenso del espíritu, y es muy probable que esa otra dimensión no fuera exactamente estimada cabalmente en la Cartagena de sus contemporáneos, pero es sin duda la que lo hace una figura de espíritu renacentista como de alguna forma lo había sido también su padre, el viejo Adolfo Mejía Valverde: orfebre exquisito, relojero, músico, artesano y saltimbanqui en su juventud. Mejía, el hijo, era fundamentalmente un self made man que leía y estudiaba de forma consagrada, escribía, dibujaba, pintaba, componía, interpretaba, enseñaba y vivía de una manera en la que latía una sensible actitud vital que se contraponía a muchas de las cosas intrascendentes de la sociedad de su momento, de las que sin duda disfrutaba también, y las cuales asumía con cierto soslayo irónico y humorístico.

 

Era poeta, además, porque pudo construir un universo simbólico de significación nacional y latinoamericana a través de la música, y porque aún desde esa breve colección de versos tiene méritos para terminar haciéndose visible en el contexto de nuestra poesía, en virtud de una visión trascendentalista excepcional que no tiene entre nosotros ningún otro creador referenciable, y que sólo veremos de manera reconocible y distinta, y desarrollada en profundidad y extensión más hacia lo religioso y lo místico, en un hombre como su amigo Gustavo Ibarra Merlano y en sólo algunas cosas de otro tono y construcción, tal vez, del maestro León De Greiff.

 

Pero fue precisamente el maestro Ibarra Merlano quien en alguna ocasión poco antes de morir me hiciera un entrañable retrato de Mejía cuando me dijo que era un hombre definitivamente arcangélico (fue la palabra que usó), de asombrosa calidad humana y de una sensibilidad extraordinaria, poseedor de un espíritu fino y atento, tanto a los detalles más aparentemente nimios de nuestra cultura popular en torno de la cual siempre hacía anotaciones musicales o gráficas de sus aires, sus ritmos, costumbres y vestuarios en pequeños cuadernos u hojas sueltas, y con el mismo interés y agudeza hablaba y se interesaba en temas de la alta cultura: los griegos, los grandes compositores y artistas, profundos asuntos de estética o su interés asombroso por las lenguas extranjeras. Y agregó: yo mismo fui su profesor de griego clásico, clases que me solicitó especialmente y de las que fue aplicadísimo estudiante. Pareciera, dijo, que a través de las lenguas pudiera realizar un poderoso espíritu aventurero que lo trabajó por dentro desde siempre y que lo animaba a viajar el mundo subido a un barco. Como en efecto pudo finalmente realizar y que probablemente hubiera querido seguir haciendo.

 

Y hay que decir de esos pocos poema que ellos constituyen el referente primordial de esta aproximación a un Mejía de preocupaciones profundamente espirituales, que sirven además para contrastar con el carácter, digamos sensualista, de la mayor parte de las preocupaciones temáticas de su obra musical, y que permite que tengamos a Mejía, al margen de sus otras tendencias arriba señaladas, como un artista fundamentalmente bifronte en cuyo malestar creativo se debatían de manera permanente lo popular y lo cu1to. Aquí cabe rescatar para nuestro propósito una breve reflexión de Enrique Muñoz aplicada a un poema de Mejía, pero que puede hacerse extensiva al resto de poemas para hacerla categórica y definitoria de la totalidad de sus versos. Dice Muñoz: “Los elementos teológicos y las categorías filosóficas y físicas en Mejía, conforman el cuadro de cómo un hombre instalado en el solar cartagenero, podría abrirse hacia los espacios de la universalidad”. Contradice eso también la cantinela insulsa que pretende inhabilitarnos para la reflexión filosófica, el ensayo profundo y la poesía de ideas, porque estamos condenados a una narrativa de anécdotas, al traqueteo fatal de los tambores, a la rumba irreflexiva y la demasiada alegría. Esos poemas de Mejía, pocos sí, nos dicen otra cosa muy distinta.

 

Y es aquí donde debemos detenernos primero: la obra de Mejía está animada de manera clara y reconocida como bondad primordial en el concierto de la música elaborada en Colombia, como una música que fundamenta su esencia en los motivos sanamente nacionalistas de nuestros valores populares, o bien en motivos centrados en aspectos culturales propios de la herencia española y europea inherentes a nuestro mestizaje cultural. En ese sentido yo no dudo en asimilar la importancia cultural de Mejía, haciendo las naturales salvedades de contexto, a fenómenos que representaron para sus correspondientes experiencias hombres como Cervantes o Saumell, en Cuba; Ginastera en Argentina; Chávez o Revueltas en México; y Villalobos en Brasil. Sin embargo, no podemos en modo alguno trazar límites precisos e inamovibles en la vida y obra de un hombre como Mejía, porque si somos un tanto más observadores podemos definir que hay en su obra musical también una dimensión de cierta gravedad y trascendencia que se hace patente y sensible en sus poemas sinfónicos Íntima y América, por ejemplo, en su Preludio a la Tercera Salida del Quijote, y en el caso de sus dos Homenajes.

 

 No dudo en asimilar la importancia cultural de Mejía,

a fenómenos que representaron para sus correspondientes experiencias

Cervantes o Saumell, en Cuba; Ginastera en Argentina; Chávez o Revueltas

en México; y Villalobos en Brasil

 

Pero los motivos temáticos que soportan todas esas piezas poemáticas que conocemos de Mejía están circunscritas a una honda preocupación filosófica y metafísica que revela una lucha, un forcejeo primordial entre el ser y el no ser, el estar y el no estar, una duda fundamental que el poeta resuelve alzando una mirada casi mística hacia el cielo para hallar en la instancia definitiva del creador una respuesta. Es el debate profundo de un individuo problematizado por las grandes preguntas de todos los tiempos, por hallar una luz de sosiego en un caos que no es social ni político, que para este hablante poético en Mejía es esencialmente cósmico, aunque esta cosmicidad puede en algún momento resultar una treta metafórica del poeta.

 

Mejía acude estilísticamente a una expresión casi siempre antitética y paradojal, en la que en un regodeo del oxímoron, que pareciera desbordarse pero que al final se contiene, se permite poner de manifiesto esa contraposición esencial que antes mencionaba. Toda esa problematización filosófica de los poemas de Mejía está puesta en términos de contrariedad dialógica. Es un juego de espejos que reflejan un ser que es y no es, en conflicto consigo mismo y con el universo en sus términos más ambiciosos: como el canto que no canta y la silva de silbos que no logran nada, en el poema Loca; el silencio tremendo, absoluto, que ya no era silencio de silencio que era, en el poema Él; el silencio amoroso en No voz, que es un soplo lejano, un eco misterioso que dice mucho más; la declarada inexistencia del miedo y de la angustia en el poema Dónde, y sin embargo todo era angustia miedo en derredor; el poeta que es al mismo tiempo perseguidor y huyente de sí mismo en Ha llegado este día; o la constatación tranquila y terrible al mismo tiempo del que ha logrado llegar al fondo de sí mismo y allí descubrir que no va ni viene, ni transcurre, ni es alguien que está en alguna parte, como ocurre precisamente en el poema Yo he logrado; o también en el bellísimo texto titulado La Ventana, en el que dice: “Porque vivo muriendo renazco a cada instante, viajero de mí mismo en pos de mi final”

 

En verdad, si de algo sirven estos poemas de Mejía, además de revelarnos logros estéticos de indudable valor literario e historiográfico, es para demostrarnos la honda calidad creativa de un artista colombiano del que queda aún mucho, casi todo, por descubrir y estudiar, y para hallar en ellos, en los poemas, las claves de un poeta integral, universalista, poseedor de un complejo mundo interior intelectual, en las antípodas del que mostraba ese hombrecillo menudo, siempre con un cigarrillo en la comisura de sus labios, moreno y afable, que saludaba a todos en la calle, alma y dínamo espiritual de una de las tertulias más reconocidas del país.

 

Podríamos decir también, sin retorcer la realidad para que diga cosas que no puede decir, que la obra musical de Mejía, tocada de ese ánimo sensualista, evocador y descriptivo, cercano siempre al espíritu de la tertulia musical y la bohemia entre amigos, tiene que ver en mucho con la particular circunstancia vital del solar cartagenero, con todos los componentes culturales que son fácilmente identificables en la música del maestro, y que significan una importante razón histórica y cultural de nuestra forma de ser. Pero que dejan de lado, por falta de una mirada más acuciosa, una zona sombreada, más íntima, misteriosa y compleja de la vida de un artista, humano, demasiado humano, como Mejía, mutilando con ello sentidos que parecieran ser inconvenientes para cierta noción de lo institucional y establecido.

 

En cambio, el desasosiego espiritual de poemas como Él, ¿Dónde?, Loca, Ha llegado este día, o la desazón particular de un poema como el breve Yo he logrado, o acaso la angustiosa meta que jamás se alcanza en el poema Allá… Mas allá, están a mi juicio tal vez determinados por el ansia inagotable de conocimiento que el maestro siempre tuvo: su permanente búsqueda de una estética definitiva que ayudara a explicar por el arte y la creación la existencia misma, su increíble afán de acceder al conocimiento y la cultura de lenguas extranjeras tan excéntricas como el sánscrito y el árabe, y el alegato de realidades interiores contrapuestas como las que aquí hemos presentado, es fácil deducir que no están vinculadas a aquellas casi legendarias tenidas en casa de los Lemaitre o en el patio de Candita, dominadas por el gracejo intelectual, la broma histriónica y toda esa picaresca bohemia de la que es sabido Mejía y amigos eran tan afectos, sino por el contrario por una indagación de otro nivel que quizá podamos hallar vinculadas a unas esporádicas pero sistemáticas visitas a Barranquilla en donde, conforme al testimonio del maestro Alfredo Gómez Zurek, con un grupo encabezado por el maestro Pedro Biava, alguien a quien se conocía solamente como el Camarada García, un cienaguero comunista, el guitarrista José Mazzilli Ribón, y otros personajes más, se reunían en sesudas tertulias en la vieja sede de Sociedad de Mejoras Públicas, hoy edificio Centro Cívico, en las que las discusiones acerca de lo desconocido y los fenómenos del espiritismo, estaban por supuesto en las antípodas de las temáticas más relajadas de las consabidas tertulias cartageneras, y que tal vez provocaron en Mejía la asunción literaria de corte apologal de temas que desafiaban las preocupaciones del mundo material con una profunda inmersión en la temática espiritualista que se hace recurrente y se constituye en eje axial, en cordón umbilical de ese pequeño puñado de poemas que no por pocos dejan de ser definitivos para entender el complejo panorama espiritual y creativo del maestro Adolfo Mejía.

 

No olvidemos que en la Barranquilla de finales del siglo XIX y comienzos del XX tenían escenario distintas sociedades secretas que llegaron a publicar de forma abierta diversas revistas y periódicos relacionados con temáticas esoteristas, cosa que es probable que no pudiera darse de igual forma en Cartagena por razones históricas, sociales y culturales muy comprensibles, en las que probablemente resonaba, aún en esos momentos, algún fantasmagórico ruido de cadenas de La Inquisición.

 

Con esta tercera entrega cierro  esta aproximación al Mejia poeta que muchos en este país no conocen, y que mas alla de lo que ya hemos dicho de sus meritos poeticos en si mismos ayudan a entender mucho de su vida y de su obra musical que necesitan ser iluminadas.

                                                                                                                                                                                                                 Como una muestra de lo dicho dejo para ustedes mis lectores, si es que los tengo, este poema que es uno de mis favoritos.

 

Loca

Rosada aurora loca

Soles me estás debiendo

Noches que fueron días me los tacharon.

Trampas al tiempo

Jugar a las escondidas con el sol.

Rosada aurora

Soles me estás debiendo

Pero no te los cobro.

Cuántos soles borrados o barridos por la resaca;

Perdidos unos, anulados otros

Y los más no deseados.

Como exorcismo

Un canto que no canta,

Y apelo a una silva de silbos que no logran nada

Por olvidarme de lo que no me acuerdo.

Aurora loca;

Soles me estás debiendo;

Noches que fueron días me los quitaron,

O abusos de confianza con el tiempo.

Cuántos soles borrados o barridos

Por la resaca.

Perdidos unos, anulados otros

Y los más no vividos…

Tan deseados.

El tiempo silencioso

No perdona el engaño.

Cobra sueños que pagamos

Con una noche, noche.

Loca:

Soles me estás debiendo

Pero no te los cobro…

Porque pierdo.


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